domingo, 29 de julio de 2018

Cambalache: Espacialidad

(De Sergio Schvening)

Si es que hay un historia, es, esencialmente, simple.
Como carpas indestructibles hechas con sábanas,
como baldíos con tallos de agua limpia,
como llanto florecido de un silencio lancinante.

Aunque esas sensaciones sólo resulten sostenibles en la mente,
no puedo jurar que sea todo ilusión.

Con frecuencia los rastros de mi niñez me visitan. Por ejemplo acá, ahora, en este auto, mientras un gorro cubre mis ojos por diez minutos, en un apremiado descanso -después de haber atravesado toda la ciudad de Buenos Aires en una hora cuarenta-, la calle y su pronunciada pendiente me conduce inevitablemente al revolcón metafísico. Como con un salto logro habitar, sereno, un espacio con eco. Sin tiempos: el inimaginado salto atemporal del espacio. Soy el cuello del reloj de arena, los granos del futuro me atraviesan. Capturando fracciones de viejos presentes, o mejor dicho, viviendo un continuo y creciente pasado: puro transcurrir.

La quietud comienza a pesar sobre la butaca. Las puertas del vehículo comienzan a alejarse. Las dimensiones de todo, todo, lo que está a mi alcance, comienza a apartase de mí. Me lleno de vértigo. Me mareo. Me… No comprendo si lo que ocurre pasa por dentro o por fuera de mí. No comprendo, en verdad, en dónde termino yo y donde arranca el mundo. Esa barrera del adentro y del afuera deja de ser del todo clara. Mi adentro intenta escapar como
una nube,                   ¿y en busca de qué?
Comienzo a tener certezas del movimiento absoluto: es como si un punto extremadamente diminuto, ajeno -de esta masa de un metro ochenta y seis-, pueda quedarse en completa quietud, una especie de baricentro del universo que sabe que todo se mueve, que todo cambia menos él. Un átomo pensante. Encarcelado. Agotado. Aburrido.
Sin que crujan los huesos -sin, si quiera, escuchar un solo sonido exterior, ¿O interior? me aturdo- percibo mi cuerpo procurar varias direcciones superando los límites convencionales de elasticidad. La punta de mis dedos comienzan a alargarse. Se van. El universo se expande, o el átomo se contrae, es lo mismo. Mejor dicho: relativo.
Desconfío. Desconfío de que esas rodillas que rozan -cualquier objeto del auto- sean mías.
¿Acaso las sombras huyen?


Pasan los minutos. Cuerpo y el átomo se armonizan. Nos reconciliamos. El vértigo se va. Abro los ojos, y el portero me abre para que fiche.


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